Y aprendí a respirar
a tocar las cuerdas de un arpa
vieja, polvorienta
atrevida en musicalidades opacas.

Cuando acerqué mi olfato
la herida aún seguía
pero más atenuada
apenas percibida
por eso al caminar
iba dejando unas huellas símiles
semejantes a los signos
escritos a través del tiempo.

Qué importaba entonces
si anochecía o hacía frío
la numeraria o funesta antorcha
descrita.

Ahora el pájaro cierto
fingido en su aleteo
aprendía a volar al raso
preso del arpegio
de la ceniza en la cual
un día levantó su vuelo.

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