No pasa nada, ponte erguido, agacha la espalda,
esta pastilla no la tragues, mastícala antes,
pon derecho el cuello, deja de mirar fijamente,
no se te ocurra llorar, abre la boca, no escupas.
Es inútil, las ventanas acostumbran a divisar ese lugar oscuro,
las calles vomitan insípidas, el asfalto hiere a la gente.
Frente a la ventana la habitación una puerta que abre la desigualdad popular,
el tonto, sin cerebro mastica pobre la píldora que aborta en su estómago.
Sed y hambres en este delito de impotencia, dormíamos asidos a la cadena cervical,
a la cama de forja oxidada.
Y tanto miedo, y tanta pena.
El laberinto mágico deja escapar a unos pocos autosuicidas del hombre
y la enfermera se aleja, tapando los ojos a otro muerto.

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